miércoles, 24 de diciembre de 2008

Olvidar la historia es estar condenado a repetirla - Dos recomendaciones cinematográficas


A veces las cosas van enganchando de manera inconsciente y de pronto parece que todo encaja como un puzzle sideral.

Todo comenzó hace dos semanas. Tres acontecimientos desconectados. Uno, una conversación con una paciente sobre su experiencia en el antiguo manicomio de Málaga. El otro una película alemana, "La Ola" y el último "El Intercambio", otra película, esta vez de Clint Eastwood.

En la conversación esta mujer me hablaba sobre la arbitrariedad que reinaba en el hospital psiquiatrico, como uno entraba sin saber muy bien por qué, le ponían un pijama, y no sabía ni lo que tenía que hacer para salir, rodeado de personas desconocidas y extrañas, sin encontrar un mínimo sentido. Me contó como les daban electroshock, sin anestesia, como sentía la corriente, como perdía el sentido. Francamente espeluznante. Una experiencia que no quisiera para mí ni para nadie que yo conozca.

En mi secuencia de pensamientos llegué a la conclusión, de menos mal que esto ha avanzado algo, con sus problemas y dificultades, pero que una estructura de ese corte en nuestros días ya no se puede repetir.

Entonces me fui a ver "La Ola" (advertencia spoilers). En esta película un estudiante aleman le plantea a su profesor que el nazismo no puede volver en nuestra época, que Alemania habia aprendido la lección. El profesor, como respuesta, desarrolla en cinco días todo un régimen fascista en su clase, de forma subrepticia y sobretodo apoyado "inconscientemente" por su propio alumnado.

Días más tarde, fui a ver "El Intercambio". En esta película una madre que desafia a la policia porque le dan un niño que no es el suyo, acaba en el manicomio, donde aparecen reflejadas todas las experiencias que me contó mi paciente.

Nuevamente volví a escuchar "eso no puede pasar hoy". Y lo uní a "La Ola". En "El intercambio" la paciente es ingresada en función de una orden policial en base a un riesgo para un menor "paciente de unos 30 años que tras un episodio traumático dice que su hijo no es su hijo". ¿Quien hoy día no la ingresaría con esos datos?

La delgada línea que separa la libertad individual de la seguridad propia y de los demás es cada día más delgada. Cada vez hay más pacientes en las cárceles por delitos, cada vez hay más órdenes de alejamiento y pacientes sin sitio a donde ir. En esta sociedad donde todo se hace a impulsos, bastarían dos o tres crímenes realizados por personas con un supuesto trastorno mental con la suficiente repercusión mediática para que se volvieran a levantar las paredes de esos "centros de internamiento/tratamiento" sin límite de tiempo.

El miedo al otro diferente es una herramienta poderosa, utilizada desde la antiguedad para justificar cualquier poder absoluto. Cedemos nuestra libertad a un gestor de seguridad para sentirnos protegidos. Mientras no nos toque a nosotros estar encerrados.

martes, 23 de diciembre de 2008

Definición de MENTOR: "Si no es por mi amigo Manolo...




...hoy no aparezco por aquí, tomando un café me dijo vete para allá que te va a venir bien, yo me siento en blanco, siento que estoy empezando de cero, me viene bien un amigo porque los dejé a todos en el camino, pero claro después de todo soy yo el que tiene que moverse"

“NO TENGO MIEDO PORQUE TENGO UN COMPAÑERO” Experiencias de un taller de cine


Pretendemos aquí hacerles partícipes de una experiencia.
Tiene múltiples dimensiones en las que me iré centrando, con el fin de comunicar algo de lo que un grupo de personas trabajando durante meses logramos construir.

Dentro de la labor que como trabajadores de eso conocido como “salud mental” desempeñamos cotidianamente, nos vemos inmersos cada día en las vidas de nuestros pacientes en sus facetas más dolorosas e impotentes. Se nos presentan muchas veces sobrepasados por situaciones que han ido fraguándose durante años y ante las que ya se sienten incapaces. De aquí que nos centremos en las consultas en abordar los problemas que les urgen, en contener la desesperación, en ayudar a solucionar lo improrrogable, en “apagar fuegos”,etc, en vidas que hace tiempo que se sienten arrastradas por la desgracia, la enfermedad o las diferentes limitaciones. Esta no es un nuevo problema en la historia de la rama del conocimiento conocida como psiquiatría, que tuvo una fundación heterogénea y compleja. Por un lado E. Kraepelin y una legión de alienistas pretendían taxonomizar conductas, pensamientos y sentimientos agrupándolos en síndromes que responderían por lógica causa-efecto a una etiología por descubrir. Por otro lado S. Freud comienza a principios de siglo el intento de comprender y dar sentido a los fenómenos psíquicos. Son dos miradas sobre los mismos fenómenos que abren desiguales posibilidades.

Muchas veces esto nos hace olvidar que estas personas son eso, pacientes, pero también hijos, padres, amigos, vecinos, amantes, etc, con existencias complejas, ricas, con mil cosas que enseñarnos y compartir. Esto puede parecer obvio, pero no es tan fácil de sentir de verdad y con todas sus consecuencias a menos que compartamos vivencias con estas personas al margen de medicamentos o consultas. Creo que en percibir esto se encuentra gran parte de la satisfacción y crecimiento personal que puede reportar la actividad como profesional en este campo, donde si sólo vez un “diagnostico en movimiento” te pierdes el disfrutar de gente como José David, Mario, doña Antonia, Juani, Miguel,…

Nosotros tuvimos una oportunidad más de vivir esto a partir de la iniciativa de montar un taller de cine junto con nuestros pacientes. El perfil de pacientes que se decidió que comenzara el taller consistía en una mayoría de personas diagnosticadas en algún momento de sus vidas de psicosis, sobretodo esquizofrenia y depresión con síntomas psicóticos. Estos pacientes ya llevaban tiempo acudiendo a otras actividades del taller, y por lo demás, en casi todas sus otras facetas, eran muy heterogéneos, tanto en edades, situaciones personales o procedencias. Pensamos que esto enriqueció el funcionamiento posterior del grupo y contribuyó a dinamizar las relaciones entre nosotros por medio del juego entre semejanzas y diferencias. Esto ha sido motivo de polémica durante años entre los profesionales en grupos terapéuticos. En nuestra opinión la homogeneidad desde el punto de vista diagnóstico contribuye más al desarrollo de identidad como enfermo que a potenciar los aspectos sanos y funcionales de la persona.

El grupo de profesionales, los que podemos denominar como “terapeutas”, consistía en trabajadores de “salud mental” (psiquiatras, enfermero, trabajadora social, MIRes), y de organizaciones que en nuestro medio trabajan para la integración social de estos pacientes (una psicóloga de AFENES y un monitor de FAISEM). El curso de cine, propiamente dicho lo impartió un voluntario cuya profesión es ser productor de cine. Entre los profesionales que acudimos cada semana nos une además de lazos laborales y afectivos, un alto grado de coincidencia en entender la enfermedad mental como una condición de la vida de las personas que tiene mucho que ver con las circunstancias vitales de estas, no sólo en la expresión de sus dificultades, sino en su génesis. De ahí que consideremos crucial el trabajo en comunidad, mejorando los vínculos y creando otros nuevos como un factor de curación básico y no sólo un añadido o “plus” de atención. Este es el sentido de comunidades terapéuticas que favorezcan formas sanas de vinculación, en el sentido del poder patógeno atribuido por investigadores como G. Bateson a las relaciones “enfermantes” como las descritas en su teoría del doble vínculo. También las hipótesis sobre la construcción de la subjetividad de Freud y continuadores de su obra como M. Malher, Spitz, K. Abraham, etc, abundan en esta línea. Siendo quizás J. Lacán con su teoría de la suplencia y el lazo social quien viene a redondear esta evolución.

En el desarrollo del trabajo que hicimos como grupo, los terapeutas nos integramos como uno más en la labor de aprendizaje y posteriormente rodaje del corto que surgió, pero siempre teniendo en cuenta la dimensión terapéutica de nuestras actuaciones, considerando el taller un potente espacio social curativo a la vez que tomándonos muy en serio el objetivo del aprendizaje y el rodaje del corto. Así, tener bien claro nuestro principal objetivo, la mejoría en la calidad de vida de los pacientes, nos permitió fundirnos en el grupo como otros alumnos más, compartiendo el proceso de forma autentica, conviviendo y aprendiendo junto con ellos. Esto nos ayudó a tomar conciencia todavía más de la riqueza que atesoran las personas que pasan por nuestras consultas, algo que puede quedar en buenas intenciones o palabras a menos que se viva, como nosotros lo vivimos, a través de los meses.

El espacio de trabajo se conformó poco a poco como un lugar que fomentaba la participación en el proyecto conjunto que era aprender cómo se hace cine y quizás poder rodar un corto al final del taller para aplicar los conocimientos. En esto fue muy importante la posición de escucha y respeto a las opiniones e iniciativas de todos, no descartando nada por demasiado “loco” o inusual, intentando ver qué se podía integrar, qué quería aportar cada uno para que en lo que hacíamos juntos nos viéramos reflejados y lo sintiésemos como algo nuestro. Este punto es muy complejo y exigente pues necesita de una actitud por parte nuestra de apertura a lo que en gran parte de la sociedad se juzga aberrante, insólito o inquietante. Esto nos refiere a lo que todos nosotros tenemos en nuestro psiquismo de innombrable, de inseguro e irracional. Para nosotros el llamado “estigma” del enfermo mental no es gratuito y responde a aquellas sensaciones desagradables y profundas que estos pacientes despiertan en nosotros.
En este sentido la locura nos remite a la naturaleza profundamente alienada del ser humano como ser del lenguaje. Donde nuestra capacidad de simbolizar, de nombrar, se pierde frente a lo real, quedando este habitado por lo innombrable e ilimitado, siendo este el territorio de la locura. De esto nos traen testimonio nuestros pacientes, de aquello de lo que nosotros intentamos separarnos mediante el uso de símbolos, de aquí viene la profunda inquietud.

En este sentido traigo la frase que da título a este texto, la dijo un paciente psiquiátrico diagnosticado hace muchos años de esquizofrenia. Respondió esto al preguntarle un periodista de la radio si tenía miedo por actuar en la escena que estaba a punto de rodarse. Él hacía de “salvavidas de playa” que ve caer un meteorito, y mira asombrado su trayectoria… Elegimos esta frase como título porque resume un poco el espíritu de parte de lo que quisimos conseguir; tenernos todos un poco menos de miedo entre nosotros y así aprender a contar con el otro.

Se puso mucho hincapié en esta posición de respeto y apertura a lo que el otro tuviera que decir, y creemos que esto favoreció un clima que permitiría a muchos de nosotros mostrar facetas nuevas, tomar iniciativas y hacer cosas que, en principio, no creíamos poder. A veces esto requería exquisito respeto por los tiempos del otro, o revisar y flexibilizar nuestros propios esquemas, pero valió la pena. Por ejemplo; vimos con asombro a un chico diagnosticado de esquizofrenia hebefrénica ir tomando cada vez más iniciativa hasta terminar improvisando emociones y gestos ante la cámara; vimos a otro paciente muy inhibido socialmente, y que rara vez salía de su habitación, ser el primero en entrar en el agua de la playa porque “la escena lo pedía”; o contemplar cómo retomaba la cámara para hacer el making-off una persona que había trabajado como operador de cámara y había tenido que dejarlo agobiado por la ansiedad.

En cuanto a mejora de las posibilidades de comunicarnos, conectarnos y entendernos, creo importante reseñar que los avances que notamos en nuestros pacientes eran reflejo recíproco de cambios internos en nuestra forma de verlos, de tratarlos y de entenderlos. Tuvimos ocasión de compartir un proyecto y en este nuevo contexto los roles rígidos de la consulta podían alterarse y hacerse flexible. Desde hace años se viene considerando esta rigidez en la manera de posicionarse ante los demás del individuo como característica básica de la patología mental, condenando al sujeto a repetir una y otra vez el mismo drama. El psicoanalista J. Lacán daría una vuelta de tuerca a esto al plantear que la posición es, además de frente al otro, del mismo sujeto ante su propio deseo. Esta plasticidad podía lograrse en gran parte gracias al sentimiento de seguridad de los “profesionales de la salud”, la confianza basada en saber donde estábamos, cual era nuestra tarea terapéutica y cómo queríamos llevarla a cabo. Así nuestras inseguridades y miedos no nos impidieron mostrarnos, en la medida de nuestros recursos personales, auténticos, comprometidos en la tarea e ilusionados. No puedo dejar de acordarme de la extrañeza con que muchos pacientes recibían que psiquiatras, psicólogos, enfermeros o demás pudiéramos ilusionarnos en plano de igualdad con ellos, por los mismos proyectos, con curiosidad por las mismas cosas. Para muchos era la primera vez que se sentían haciendo algo que consideraban valioso de verdad, y no un entretenimiento cualquiera para llenar su tiempo porque no podían hacer otra cosa.

Creemos que este tipo de experiencias, lejos de ser un “añadido” en el tratamiento, deben constituir parte de la base del proceso terapéutico de personas que precisamente están afectadas gravemente en su capacidad de vincularse, de conectar con los demás, de sentirse parte de algo. En esto han puesto el acento generaciones de psicoterapeutas a lo largo de las décadas, en esta dimensión social de nuestra práctica que ha conseguido logros tan importantes como el cierre de instituciones manicomiales deshumanizadas, la posibilidad de un tratamiento en la comunidad o la lucha contra el estigma social, por ejemplo. No creemos estar hablando de “buenas intenciones” ni de “utopías” por señalar la necesidad que tienen estos pacientes de encontrar espacios seguros, sin sobre-exigencias ni reproches, donde desarrollar su mermada iniciativa y su creatividad muchas veces sorprendente.

El ser humano se construye inmerso en el medio social, siendo la familia nuestro primer espacio para el desarrollo, donde aprendemos en que consiste esto de ser una persona. Aprendemos, elegimos y con ello vamos incorporando no sólo conocimientos, sino experiencias, recursos, capacidades. ¿Qué forma mejor de adquirir confianza que entre personas que de verdad, sin reservas, confían en ti? Todos tenemos estas experiencias, todos hemos llamado a un familiar antes de un examen, hemos recordado las sonrisas de nuestros amigos cuando parece que llueven los golpes de la vida y nos hemos tranquilizado contando con otro que sólo podía acompañarnos en una situación angustiosa. Nosotros pensamos que esta capacidad del ser humano para contar con otro y enriquecerse de lo que le aporta tiene mucho que ver con nuestra historia de experiencias, es algo que construimos con esfuerzo, como tantas capacidades depende de un medio adecuado, en este caso de un medio afectivo.

En esto todos estamos atrapados, porque simplemente aquellos que fueron modelo en nuestras primeras relaciones, nuestros padres y luego hermanos, amigos, parejas,…hacen lo que pueden. Tienen sus formas de acercarse a los otros, de desearlos o pedirles que les deseen, de sufrir y de angustiarse. Con respecto a estos modelos nos formamos nosotros, sin poder ser ajenos pero tampoco totalmente determinados, tomando decisiones que marcan futuras opciones. Así podemos caer en pautas rígidas, formas de lidiar con los otros que no admiten variación y se repiten una y otra vez. A cambio de librarnos de la ansiedad del momento pagamos el precio de empobrecer nuestras vidas, con artimañas, engaños, imposturas, justificaciones…Todo a cambio de no sufrir la angustia que trae la responsabilidad sobre nuestras vidas, la libertad y espontaneidad inherente al ser humano.

Esto en el paciente psicótico es llevado a su extremo, su forma de relación asusta porque abruma. Primero nos mirará con suspicacia, en su relación verá si somos capaces de soportar su angustia, su indefensión. Luego poco a poco nos dejará ver cada vez un poco más de lo que son en realidad, de su trasfondo, abrumándonos muchas veces con la intensidad de su sufrimiento y su necesidad de un “otro” que pueda soportar la carga de los fantasmas de su pasado. La relación puede llegar a ser casi de dependencia simbiótica y el terapeuta puede perderse en ella a menos que ambos cuenten con alguien que haga la función de un “tercero”, que rompa la unión, que ayude a entrar en lo social, en lo que hace referencia a otros aparte de esa simbiosis arcaica (pre-edípica).

Aquí es donde vemos la clave de un proceso terapéutico real con estos pacientes tan graves, la capacidad humana de incorporar experiencias de confianza, consideración hacia el otro, empatía,…a partir de un medio social en que se generen dinámicas de relación sanas, reales y espontáneas.
Durante toda nuestra vida mantenemos la capacidad de incorporar estas experiencias que nos ayuden a calmar la ansiedad y lidiar con nuestra realidad de seres incompletos. Aunque hayamos perdido oportunidades por circunstancias biográficas o simple miedo, mantenemos la capacidad de seguir eligiendo, de relacionarnos de forma más real y provechosa con los otros empezando a verlos como lo que son y no como meros personajes de nuestro pasado. Esta capacidad es lo que fundamenta nuestro trabajo en la relación con estos pacientes, para los que funcionamos como figuras importantes si nos ganamos esa posición con nuestra dedicación y presencia. Figuras con las que pueden ensayar de nuevo lo que en el pasado fracasó de forma trágica, sin que pudieran desarrollar la capacidad de alcanzar la dimensión de lo social, lo simbólico y en definitiva lo que nos hace sujetos ante el mundo.

sábado, 20 de diciembre de 2008

¿Abrimos un apartado sobre metáforas de los "enfermos mentales"?




LAS METÁFORAS DE LOS PROTAGONISTAS, LAS MEJORES

Ejemplo para describir el tránsito a fase maníaca de un diagnósticado de Tr. Esquizoafectivo: "Me pongo electrico (acompañado de un gesto con la mano con el que abarca rápidamente todo su cuerpo de la cabeza alos pies)"


ARTÍCULO:

Las metáforas para describir la Enfermedad Mental
por Randolph Fillmore
(De HSMBeagle)

Ninguna brisa se agita en este caldero, porque no hay escape de su sofocante prisión. . . . - William Styron, Darkness Visible
Para la persona encerrada en el vaso, vacía y parada como un bebé muerto, el mundo en sí mismo es su mal sueño. - Sylvia Plath, The Bell Jar
No puedo pensar, no puedo calmar a este caldero asesino . . . Comprendo por qué Jekyll se suicidó antes de que Hyde se hiciera con el mando por completo. - Kay Redfield Jamison, An Unquiet Mind
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Los psiquiatras no se las arreglan demasiado bien para explicar en qué consiste su trabajo y, viceversa, los medios de comunicación no se distinguen por una especial habilidad para informar sobre las enfermedades mentales. A esta conclusión llegaron los participantes de la Conferencia de Consenso de la Asociación Psiquiátrica Norteamericana sobre Psiquiatría y los Medios de Comunicación, que tuvo lugar en Marzo 1998 [1]. La conferencia abordó aspectos como el uso y abuso DSM-IV, la confidencialidad, la publicidad sobre psicofármacos y la eficacia de los tratamientos herbales, y los participantes no dedicaron mucho tiempo a la manera en que los periodistas científicos podrían mejorar su estilo y la exactitud de sus crónicas en relación con la enfermedad mental.
¿Pueden abordar los periodistas de temas médicos las enfermedades mentales con la agudeza y el estilo que emplean cuando informan sobre otras enfermedades, como el cáncer y las cardiopatías? Podría mejorarse en este terreno buscando mejores metáforas para describir los mecanismos internos de las enfermedades mentales. Así como los reporteros ofrecen "hechos," los periodistas de temas médicos escriben "historias" para aclarar conceptos. Los escritores de historias, noticias y cualquier otro género escrito suelen usar metáforas para dar vida y significado a los hechos.
No es difícil encontrar una plétora de metáforas (alguna verdaderamente trilladas) en la prensa. En el Congreso rugen tormentas, y las escaramuzas dejan un poso polvoriento.. La burocracia tiene ruedas oxidadas, las orillas raciales necesitan un puente que las una, y Oriente Medio es un cenagal. Estas son las monedas metafóricas que gastan los periodistas.
Al explorar la enfermedad mental, los periodistas de tema médico carecen de esas potentes figuras que utilizan cuando escriben sobre otras enfermedades. El cáncer, por ejemplo, es una enfermedad que no necesita mendigar metáforas. En su clásico librito La Enfermedad como Metáfora (1977) Susan Sontag nos lo hizo ver claramente. Sontag llamó al cáncer "la despiadada invasión oculta" [2] de la que surgen las "metáforas controladoras del cáncer", todas ellas acuñadas en "términos militares" [3]. Sontag destaca también que algunas metáforas que describen aspectos del cáncer crecieron en torno a la naturaleza misteriosa de la enfermedad, y especuló que "las enfermedades cuyo origen se cree multi-determinado (esto es, misterioso) . . . tienen las máximas posibilidades de metáforas. . . ." Para Sontag, el idioma del cáncer cambiará cuando "la enfermedad se entienda mejor y las tasas de curación sean mucho más altas."
Así es, las analogías militares se emplean con prontitud y facilidad para hablar de las "células invasoras" del cáncer, "el arsenal terapéutico" de la Medicina o la "valerosa batalla" que libra el paciente. La metáfora de la contienda es una poderosa analogía para tres de aspectos de cáncer: la patología, el tratamiento, y la experiencia del paciente. Sin embargo, los periodistas de tema médico no disponen de tales metáforas, comprensivas y vibrantes, al escribir sobre las enfermedades mentales, especialmente en los aspectos de la patología, proceso de enfermedad, y tratamiento.
Por otra parte, el idioma metafórico que describe la experiencia de las enfermedades mentales puede ser apremiante, como en las citas de Styron, Plath, y Jamison. Los periodistas de temas médicos no deberían eludir las metáforas creadas por los pacientes. Pero desgraciadamente los escritores carecen de tropos para comunicar adecuadamente la patología y el tratamiento de enfermedades mentales, por lo que deberán encontrar algunos.
"No podemos usar metáforas militares con las enfermedades mentales, del mismo modo que no podemos hacerlo con la diabetes, porque no hay invasión," dice Nada Stotland, presidenta de la conferencia de consenso y psiquiatra del Departamento de Abuso de Sustancias del Centro Médico Masónico de Chicago. "Necesitamos alguna imagen mental de cómo funcionan las enfermedades mentales. A partir de esa imagen surgirían las metáforas". Stotland plantea una cuestión importante; mientras los escritores no consigan imágenes visuales claras de la patología y los mecanismos de las enfermedades mentales, no dispondremos de metáforas claramente descriptivas, y seguirán existiendo los obstáculos actuales para escribir sobre enfermedades mentales.
Jamie Talan, asistente al consenso y escritora de tema médico en Newsday, está de acuerdo con Stotland. Talan suele cubrir noticias de Neurociencias y enfermedad mental, y cree que la observación de los procesos físicos de la enfermedad en el cerebro sería un buen punto de arranque para buscar metáforas adecuadas. "Llevo quince años informando sobre enfermedades mentales y no he dado con la manera de contar a la gente, de una forma creativa, cómo trabajan la conducta y la biología para crear la enfermedad. Tengo que seguir volviendo a la noción de enfermedad cerebral, y cosas como los desequilibrios químicos," dice Talan.
Hoy en día, tecnología de imagen permite a los profesionales de salud mental "ver" realmente algunas enfermedades mentales. Cada número del American Journal of Psychiatry incluye imágenes brillantemente coloreadas de las anormalías estructurales de cerebros afectos de diferentes trastornos achaques, incluyendo la esquizofrenia. Estas técnicas permiten ver atrofias de hipocampo, ventrículos ensanchados e incluso alteraciones bioquímicas.


Elegir Metáforas con Cuidado

Los escritores deben escoger las metáforas médicas con cuidado para evitar cambios problemáticos de significado. En 1976, Karl E. Weick escribió que las metáforas son "no sólo frases pegadizas diseñadas para encandilar un auditorio" [4]. Al contrario, según Weick, son una de las pocas herramientas que ayudan a los escritores a crear descripciones compactas de fenómenos complejos. Del mismo modo, en un artículo en la Science Communication de 1995, Maasen y Weingart definieron a las metáforas como "mensajeros de significación" y "unidades de traducción" [5]. A su entender, los escritores deben usar las metáforas sabiamente, porque "el discurso cambiado por la metáfora reorganiza la realidad"; las metáforas transfieren significado "para producir efectos que no pueden controlarse desde el punto de vista del cambio potencial de significado" [6]. En otras palabras, los escritores deben ser muy cautos con las metáforas, porque su significado puede tomar vida propia. "La realidad reorganizada" puede ser peligrosa. Así como "la guerra contra la droga" ha tenido un gran alcance, si se une un mensaje metafórico equivocado a las enfermedades mentales podría perjudicarse a los enfermos e incluso alterar la política sanitaria.
Las metáforas son ya numerosas en la literatura médica, en la práctica médica, y en el concepto popular de las enfermedades. G.F. Hayden examinó la relación entre las metáforas médicas y la terminología de la mecánica, y encontró que tanto faltarte un tornillo como faltarte una tuerca eran los términos usados informalmente para describir la enfermedad mental. [7] L.A. Rhodes, al abordar las figuras del discurso para describir los efectos de medicación psiquiátrica, observó que pacientes y personal usaban diferentes tipos de metáforas para caracterizar efectos de la medicación. [8] Pacientes hablan de que están zombis, amuermados, o de que se les han ordenado las ideas. Hablan de la mente como "la olla", algo a lo que hay que recargar porque le faltan las pilas, o algo a lo que se le puede cruzar el cable. Por su parte el personal habla metafóricamente desde el punto de vista del control. En su expresión más extrema, Thomas S. Szasz llegó a discutir la existencia de la enfermedad mental, sosteniendo que la enfermedad mental en sí misma es una metáfora más amplia para el comportamiento socialmente sospechoso.
Judy Segal llama la atención sobre la manera en que el idioma metafórico influye en el debate sobre la política sanitaria. "La metáfora es uno de medios por los que la biomedicina controla el debate sobre la salud pública", escribe Segal. Para esta autora, hay tres metáforas principales en acción en la medicina hoy: el cuerpo como una máquina; la medicina como guerra; y medicina como negocio. La metáfora de "medicina como negocio" podría ser los más dañina, agrega, porque deshumaniza al paciente. [9]
"En la reunión de consenso tratamos de dar con un idioma que podamos comprender todos," recuerda Talan.
Talan dice que psiquiatras asistentes a la conferencia expresaron su temor de que el managed care ("medicina como negocio," según Segal) puede dar la espalda a las víctimas de la enfermedad mental. Las metáforas que encajan en la categoría de la "medicina como el negocio" podrían tener el mismo efecto definitivo sobre pacientes como los tropos (y las creencias) que implican que la causa de enfermedad mental es la posesión demoniaca. La metáfora de posesión condujo a un tratamiento inhumano del enfermo mental. ¿Corren los escritores y profesionales el riesgo de que la analogía de la "medicina como negocio" pueda tener un impacto similar sobre el enfermo mental? Los escritores deben tener cuidado para que las nuevas metáforas para los tratamientos y patologías mentales no arrastren de nuevo a galerías oscuras llenas de demonios (o de gestores económicos).

¿ Podemos crear Nuevas Metáforas para la Enfermedad Mental?

En su clásico trabajo Metaphors we live by (1980), Lakoff y Johnson abordaron una figura a la que llamaron "metáfora de orientación". Para estos autores las metáforas de orientación funcionan mejor con conceptos y sistemas. Puesto que la enfermedad mental es tanto conceptual como sistemática, concluyeron que este tipo de metáfora podría ser un dispositivo poderoso para comunicar aspectos de la enfermedad mental. Sus metáforas de orientación incluyen "metáforas de recipiente" y "metáforas de viaje". Las metáforas de recipiente, escribieron los autores, están relacionadas con con el espacio, la densidad, las cantidades y los límites; las metáforas de viaje usan trayectorias y metas. Para Lakoff y Johnson estos dos tipos de metáfora tienen "vínculos compartidos," o más bien rasgos comunes que los vinculan conceptualmente. [10]
En sus respectivas exploraciones personales sobre la enfermedad mental, Jamison y Styron se centraron en las metáforas de recipiente y viaje. Jamison [11] comparó sus episodios maníacos con viajes a Saturno y sus anillos helados. Ambos autores utilizaron la imagen de la obscuridad y el color negro. Styron [12] utilizó tropos de tiempo atmosférico; así, una tormenta lo arrastró al hospital - una tormenta de tinieblas, una nube negra. Por su parte, Jamison vio a la oscuridad desenvolverse en su mente.
John Barnden, profesor de inteligencia artificial de la Universidad de Birmingham (Reino Unido) y un "teórico de las metáforas", tiene una página web dedicada a las metáforas que describen estados mentales. Barnden incluye categorías tales como "la mente como ser animado o cuerpo vivo", "mente como objeto físico" y "mente emocional como espacio físico". Aunque estos tipos de metáforas pueden ayudar a caracterizar enfermedades mentales, Barnden alerta contra los modelos de metáforas que usan algunos terapeutas.
"Ciertas ideas psicoterapéuticas como la de contactar con el niño que hay en tu interior son altamente metafóricas", asegura. "Sospecho que mucha gente lo tomaría de una manera demasiado literal, y podría pensar que hay una persona distinta, escondida en su interior. Desde este punto de vista, hay que pensar en los peligros de la metáfora en la psicoterapia."
Las metáforas de Tratamiento: ¿Una Guerra Abierta o una mera domesticación de inquilinos molestos?
La esquizofrenia es una enfermedad en la que son frecuentes las alucinaciones auditivas, por las que los pacientes oyen voces. "Los pacientes han descrito la experiencia de la esquizofrenia como si estuvieran parados en un ascensor rodeados por voces odiosas y amenazadoras," dice Stotland. Cuando no se puede desalojar a estos inquilinos ruidosos y molestos, del edificio (la mente), hay que apaciguarlos, acomodarlos, y aplacarlos. Muchas de las medicaciones para la esquizofrenia funcionan de esta manera, por lo que pueden parecer menos merecedoras de la atención periodística (y menos interesantes para escribir sobre ellas) que las llamadas "medicaciones de ataque" que se emplean en otras enfermedades
La psiquiatra Sandra Walker, que trabajó como productora de televisión antes de estudiar medicina, destaca algunas metáforas notables sobre el tratamiento y enfermedades mentales. Por ejemplo, a Walker le gustaría saber a cuántas millas por hora se fugan las ideas de un paciente, o cómo se siente uno oscilando con el estado de ánimo. También usa metáforas para el tratamiento, y llama a la psicoterapia un "proceso de parentalización" para invocar el aspecto nutricio del proceso. Sus pacientes (la metáfora de recipiente) dicen sentirse permeables, llenos de agujeros. Además, asegura que en su práctica aporta un ambiente terapéutico parecido a un lienzo sobre que el paciente/artista puede pintar su experiencia.

"El inconsciente habla en metáforas," dice Walker.

Los reporteros médicos no deberían evitar emplear metáforas ideadas por enfermos mentales.


Los psiquiatras escuchan metáforas creadas por los pacientes, pero es muy variable el tipo de atención clínica que conceden a estos fenómenos y el uso que hacen de las mismas como terapeutas. Los periodistas de tema médico podrían utilizar mejor que los psiquiatras estas metáforas.
David Hellerstein es un psiquiatra que asegura que observa las metáforas de los pacientes como médico y como escritor. "Como médicos nos esforzamos por descifrar los síntomas más raros, o las metáforas más idiosincráticas, con el fin de ayudar al paciente" [13]. Las metáforas idiosincráticas de las que habla Hellerstein son las que usa el enfermo mental para comunicar su experiencia. "El enfoque clínico, a pesar de ser empático, es frío y constante . . . el abordaje del escritor, en cambio, es cálido, ya que se zambulle en el remolino de idioma y la imagen, totalmente ignorante de dónde le podría llevar" [14].
Hellerstein aclara que no se refiere a periodistas de tema médico, sino a "escritores creativos," que se mantienen al margen de la objetividad a la que está obligado el periodista. Pero los periodistas médicos son escritores creativos, en cuanto que deben exponer creativamente hechos médicos. En esta tarea, la metáfora es una de sus mejores herramientas. Los periodistas de tema médico, por supuesto, no pueden (como sugiere Hellerstein para los escritores creativos) ser "totalmente ignorantes" de a dónde pueden llevarles las metáforas que eligen. Eticamente, los periodistas de tema médico deben asegurarse de que las metáforas que escogen no solamente explican enfermedades mentales, sino que además contribuyen a una mayor comprensión y a un tratamiento humano de quienes las padecen.

Randolph Fillmore es un periodista independiente de tema médico y científico que ha publicado en Faulkne y Gray, Prudential Health Care, el Stars and Stripes, y Baltimore Sun. También es profesor a tiempo parcial de antropología y sociología.

Copyright © 1997 Txori-Herri Medical Association 1997. Reservados todos los derechos.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Entrevista a Claudio Naranjo en REDES





Claudio Naranjo (Valparaíso, 1932) es un psiquiatra chileno, considerado uno de los tres discípulos más cercanos de Fritz Perls, importante figura en la divulgación del eneagrama en occidente, y fundador del programa S.A.T. de Educación integral. Investido en 2007 Doctor Honoris Causa por la Universidad italiana de Udine.

Estudió Psiquiatría en la Universidad de Chile, donde tuvo como profesor a Ignacio Matte Blanco. Fue docente de áreas como la Psicología del arte y Psiquiatría social y fue director del Centro de estudios de antropología médica en Chile.

En los años 60's se radicó en Estados Unidos, estudiando Terapia gestáltica con Perls, llegando a formar parte del equipo del Instituto Esalen en esos años. Su aporte a la Terapia gestáltica está en ser uno de los que cristalizó el último periodo de Perls (que pone el acento en la actitud del terapeuta), a través de su desarrollo en la vía de la Psicología transpersonal, constituyendo en su quehacer una interfaz entre la psicoterapia y diversas disciplinas espirituales (la llamada Cuarta vía)

En este sentido, es conocido su sendero espiritual, en que fueron relevantes diferentes maestros, como Swami Muktananda, Idries Shah, Oscar Ichazo y especialmente Tarthang Tulku Rimpoché.

Fue investigador asociado en el Instituto de evaluación e investigación de la personalidad en la Universidad de Berkeley. Ha enseñado Religiones comparadas, Psicología humanista y meditación

Ha sido también difusor del Eneagrama, un sistema de estudio de la personalidad de supuesto origen oriental, que él ha ido integrando como práctica terapéutica y de Desarrollo personal.

En cuanto al programa S.A.T. de educación, este se inscribe en una línea de educación integradora, en relación con el pensamiento de Jean-Jacques Rousseau, John Dewey, María Montessori o Rudolf Steiner. Pone el acento en los aspectos emocionales y espirituales del proceso de aprendizaje, y en la relación personal y transformadora que ocurre en dicho proceso.

Definición extraida de Wikipedia

sábado, 13 de diciembre de 2008

Los nuevos manicomios: "20.000 enfermos mentales en la cárcel"


En los años 80 desaparecieron los manicomios. Muy pocos querían verlo, pero hoy las enfermerías y módulos de las prisiones son los nuevos depósitos de enfermos mentales. Un 25 por ciento de los más de 82.000 presos tienen diagnosticado algún trastorno; casi 40.000 toman psicofármacos.


La masiva presencia de presos con patologías psiquiátricas es una verdad molesta. Desde que la reforma psiquiátrica de los años 80 cerró los manicomios por su ineficacia terapéutica, y dejó en manos de la familia y la red asistencial la salud mental, los patios y enfermerías de las prisiones han visto llegar sin parar a personas con trastornos. Los había sin arraigo familiar, excluidos que no sabían ni que padecían una enfermedad, que no se habían medicado en su vida, que eran diagnosticados cuando cruzaban la verja. La mayoría no puede justificar su delito en su patología, pero hay una parte para los que la cárcel no es el mejor sitio. El panorama lo pinta con claridad el responsable de la sanidad penitenciaria, José Manuel Arroyo: “Cuando uno va por las prisiones, se da cuenta de que hay un porcentaje alto de trastornos mentales. No es algo nuevo, pero ahora está un poco exacerbado. Una cárcel no es un dispositivo asistencial sanitario. Las enfermerías de los centros son en realidad unidades psiquiátricas. Los que tienen una enfermedad grave aquí no van a mejorar. Esto es nefasto ética, moral y económicamente. El primer objetivo es que éstos, cuando ya no presenten un peligro para la sociedad, sean trasladados a recursos sanitarios de la comunidad”. La idea no es la excarcelación masiva, sino el ingreso en centros más acordes con su salud mental.
En 2007 se sondearon 64 prisiones, y Mercedes Gallizo, responsable de la institución, reconoció que “en muchos casos, la enfermedad mental se halla en el origen del delito. La prisión se utiliza en ocasiones como un recurso de carácter asistencial para personas que no han sido tratadas y controladas en su vida en libertad”.

Las cifras de aquel sondeo demuestran que la masificación –casi 83.000 reclusos a finales de octubre, el doble que hace una década– no es el único reto. En las cárceles –“un entorno que crea ansiedad y pone a prueba emocionalmente”, admite Arroyo–, más de 20.000 personas tienen diagnóstico psiquiátrico, sin incluir el abuso y dependencia de las drogas. Si se contara a los toxicómanos, estaríamos hablando de que uno de cada dos presos sufre alguna alteración mental.

Muchos entraron en prisión con antecedentes psiquiátricos o después de haber tenido algún ingreso hospitalario. Pero también los hay que han desarrollado la patología entre el patio y la celda. Casi el 50 por ciento toma algún psicofármaco (ansiolíticos, antipsicóticos, antidepresivos o metadona). Y mil presos que tienen acreditada la condición de discapacitados psíquicos siguen en sus celdas.

Varón, español, entre 20 y 40 años, con un nivel de estudios y cualificación laboral muy bajos, con un cuadro psicótico que englobaría desde depresión y psicosis maniacas o paranoides hasta trastornos de personalidad y esquizofrenia, y sin hogar ni red familiar, son las características que se repiten. “Con ellos, el modelo comunitario ha fracasado. Se dejó en los familiares una gran responsabilidad. Cuando éstos fallaron o abandonaron, se quedaron a su suerte, se desestabilizaron y delinquieron”, comenta Arroyo.

Una idea que apuntala Mariano Hernández Monsalve, presidente de la Sociedad Española de Neuropsiquiatría: “Para delitos similares y no graves es más fácil que una persona con un trastorno mental ingrese en prisión que uno que no tiene enfermedad psiquiátrica. Se defienden peor, los abogados de oficio no suelen profundizar en su historial clínico porque piensan que es mejor no decir nada que verles acabar en el psiquiátrico penitenciario”.

La misma enfermedad los convierte en doblemente atrapados. Viven la indiferencia de los demás, se aíslan y se adaptan peor, no participan en las actividades, “y su refugio suele ser la enfermería de la cárcel”, explica este psiquiatra. Adolfo es un cubano de 40 años que se vio envuelto en una trama de falsificación de papeles para inmigrantes. Once meses de talego y un trastorno bipolar eran su nueva realidad. “Antes de entrar yo intuía que sufría algo, pero nadie me decía el qué. En la Modelo de Barcelona estaba en una celda que daba a un pasillo. Un día empecé a ver cómo los presos se tiraban por las ventanas”. En la cárcel le diagnosticaron y empezaron a medicarle. Para Estrella, coordinadora del programa de salud mental de la prisión de Valdemoro, Adolfo, como otros muchos, tendría que tener una alternativa a la cárcel, “y si no hay recursos, los jueces, al menos, deberían facilitar los permisos y las salidas terapéuticas, hay que ir preparando su salida para que no haya más fracasos”.

El departamento que dirige Mercedes Gallizo pretende lo que parece un pequeño avance. Según ha podido saber esta revista, Instituciones Penitenciarias ha empezado a recoger datos de todos los presos que sufren algún trastorno mental. Una vez localizados y diagnosticados, se analizarán los expedientes de aquellos cuyo delito tenga relación directa con la enfermedad (por ejemplo, un robo llevado a cabo durante un brote psicótico). Si no representan un riesgo de conductas violentas para sí mismos o para el resto, serán excarcelados y derivados a dispositivos sanitarios de la comunidad (casas-hogar, comunidades terapéuticas, centros de día…) para ser tratados como pacientes, no como presos. “Estamos hablando de entre un 20 y un 30 por ciento de los que sufren un trastorno grave. El porcentaje de presos con estas enfermedades es del 4 por ciento, el doble que en la población general”, aseguran fuentes penitenciarias. En la práctica estaríamos hablando de alrededor de un millar “que ya no necesitan ninguna contención, que están entre rejas porque el juez no sabía dónde enviarlos”, dicen las mismas fuentes.

Concha Cuevas, presidenta de Feafes, federación de asociaciones de familiares de enfermos mentales, sube la cifra hasta casi los 2.400 reclusos. “Si tienen conciencia de la enfermedad y les dan un tratamiento farmacológico y una psicoterapia adecuados, su control y autocontrol es posible fuera. Encerrados lo único que hacen es deteriorarse”, comenta esta malagueña.

María Isabel Mora, abogada de la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía, admite que ha habido avances, pero se sigue mostrando muy crítica: “Para conseguir que la sociedad esté tranquila no hace falta el régimen carcelario, existen otros métodos en libertad. Al final, estos presos se ‘comen’ las condenas enteras, no tienen beneficios”.

En la actualidad, las plazas en dispositivos no carcelarios son las menos. Los jueces no quieren líos, y si no hay una alternativa segura, los envían a prisión. Ni autonomías ni ayuntamientos asumen que tienen que dignificar la vida de sus enfermos.

“Aquí pasamos de un lugar de máxima contención como es la prisión a mandarles a la calle. No existen unidades intermedias, dispositivos públicos o privados como las casas-hogar, pero con un mínimo personal de seguridad”, explica Arroyo.

Fragmento de artículo extraido de la revista: Interviú

Salud Mental y Comedia


Uno de los grupos terapéuticos donde trabajo lleva ya un año y pico teniendo como principal motivo de reunión el teatro y el cine.

El año pasado hicieron una obra de guiñol que los dejó muy contentos y con ganas de tener nuevas experiencias al respecto.

Este año decidieron hace una obra de teatro, dejando atrás por ahora la idea de hacer un corto digital.

En ese momento me incorporé yo y aprovechando una obra que trajo uno de los integrantes del grupo se me ocurrió que podría ser muy terapéutico para ellos que en la medida de lo posible autogestionaran al máximo la producción de la obra.

Hemos tenido un mes para aportar nuevas obras e ideas, ya se han repartido las funciones que piensan que son necesarias (dirección, escenografía, apuntadora;) e interpretación).

Estoy sorprendido por cómo lo estamos llevando, creo que están contentos en general, si bien en mi debe, no he conseguido trasmitir al resto del personal la filosofía de autoorganización y autogestión del grupo que pretendo dinamizar, ya que creo podría ser útil terapéuticamente para los “Comediantes”.

Psicoeducación

Para lección de psicoeducación la que me dio ayer una paciente de 60 años, diagnosticada de esquizofrenia desde los 19 años.

"La esquizofrenia es algo que no te deja avanzar. Con lo inteligente que soy, con todo el bien que he hecho y no he conseguido saber porque no he podido ser mejor. Era algo que impedia que hiciera lo que yo quisiera. Cosas que no son reales, pero que lo son"

Gracias A. por la lección

Quiero mi alta

Quiero mi alta. Esta es la frase que más veces escucho al cabo del día. Creo que la he escuchado tantas veces que ya no sabia ni lo que significaba.

Tengo que reconocer que es una frase que me enfadaba, y no sabia exactamente por qué. Al principio pensaba que los pacientes no decían nada con esa frase y lo que hacían era bloquear mis intentos de acceder a lo que les pasaba. Mi respuesta era el silencio, en espera de que los fármacos y el ambiente contenedor acabaran con el deseo de "libertad" y me permitieran trabajar.

Con el tiempo dejé de interpretarlo como un deseo veraz de irse de aquel sitio, ya que empecé a preguntarme ¿por qué no me piden simplemente que les abra la puerta? ¿o que le deje irse? ¿por qué precisamente me pide el alta? ¿por qué no se fugan simplemente? Rápidamente el alta se convirtió en un nuevo motivo de enfado, ya que el psicótico lo que estaba era maleado y apaleado por el sistema, y él tomaba como propio el discurso de la institución, eliminando sus propias palabras, cambiando el salir por el tecnicismo "quiero mi alta".

Esa visión del "quiero mi alta" tampoco me fue útil. Continuaba bloqueando mi trabajo. Elaboré una nueva hipótesis. Con "Quiero mi alta" el psicótico encuentra un lugar en el mundo, "estoy a merced de tí, tú eres mi carcelero y sólo tú me puede dar el alta de aquí". De alguna manera es un pensamiento estructurante, "no me voy a quedar aquí para siempre, porque algún día llegará mi alta". Esta idea comenzó a serme útil para colocarme en una posición, que yo no quería, pero que al fin y al cabo va con el sueldo. Soy un carcelero supertécnico, pero al menos puedo elegir como serlo. Puedo o no puedo putearlo.

Mi última hipótesis es que con "Quiero mi alta", realmente el psicótico te incorpora como una persona que de la que puede obtener algo de alguna manera, el problema es que no es capaz de ponerle palabras a qué quiere. Lo único que una persona encerrada puede desear es la libertad, para ello te tiene que reconocer como captor. Esta idea es la que intento aplicar ahora, aceptando mi papel "represor", pero colocando la verdadera responsabilidad del ingreso, del tiempo o de las condiciones en la transformación de la demanda "quiero mi alta" a "quiero algo para no volver aquí". Es un proceso complicado y no sé si acertado. Pero por ahora me sirve para controlar mis propias angustias.

De nuevo ingresado....



Curioso sitio de ingreso este, que te ingresan involuntario cuando estás mejor. Pues sí, ya he acabado de transitar por mi desierto, dejando atrás mis confusiones neuropsiquiatricas y mi apatia y anhedonia por el estudio.

Y me vais a permitir que rescate un post antiguo que viene de acuerdo al motivo del ingreso de este sujeto que escribe.

Un saludo!

lunes, 8 de diciembre de 2008

Información extraida del periódico "Público": España no da la talla en atención a la salud mental

Los recursos destinados a los trastornos mentales son menores que en Europa, aunque se ha aprobado la Estrategia de Salud Mental para intentar paliar la situación

En comparación con el resto de países de la Unión Europea (la de los 15, antes de las dos ampliaciones posteriores a 2004), España es el país que menos recursos destina a la atención de sus enfermos mentales, por debajo de países como Italia, Grecia o Portugal.
La revista The Lancet publicó recientemente un informe titulado Los sistemas de salud mental en los distintos países: ¿dónde estamos ahora?, una radiografía de la atención prestada a la salud mental en los diferentes rincones del planeta. Los países pobres pierden por goleada respecto a las naciones más ricas, pero entre éstas también se observan diferencias notables.
Para diagnosticar el estado del tratamiento de la salud mental, los científicos dirigidos por el investigador K. S. Jakob, del Christian Medical College de Vellore (India), midieron una serie de parámetros. Entre éstos, el número de psiquiatras y enfermeras especializadas en salud mental por cada 100.000 habitantes, las camas dedicadas por cada 10.000 ciudadanos, así como el número de países que cuentan con un plan específico en salud mental o con una legislación concreta al respecto.
Según el artículo de The Lancet, los españoles tienen a sus disposición 3,6 psiquiatras por cada 100.000 habitantes, la tasa más baja de la UE. En Grecia, que ocupa el primer puesto, la cifra asciende a 15. El experto de la Organización Mundial de la Salud (OMS) Marco Garrido, uno de los autores del informe, explica: “Hay que tener en cuenta que estos datos son anteriores a la transferencia de las competencias a las comunidades autónomas”.

Tercer puesto por la cola

El director de la Agencia de Calidad del Sistema Nacional de Salud, Alberto Infante, sostiene que, según los últimos datos publicados por el Ministerio de Sanidad y Consumo, la cifra asciende a 6,3 psiquiatras por 100.000 habitantes, lo que aún deja al país en el tercer puesto por la cola de Europa.
Algo parecido sucede con los enfermeros psiquiátricos. Sólo Grecia presenta una cifra inferior a los 4,2 enfermeros especialistas por cada 100.000 habitantes de España.
El portavoz del Consejo General de Enfermería Rafael Lletget recuerda que en España hay un déficit “tradicional” de enfermeros en general, y añade que además no se suele exigir el título de especialista en Salud Mental, por lo que la mayoría de los profesionales en estos servicios no está especializada. Para Infante, este estudio es “cuestionable por su metodología limitada, ya que se ha hecho con fuentes secundarias”.

La cenicienta del sistema

El profesor de Psiquiatría de la Universidad de Granada Francisco Torres opina que la salud mental en España está desatendida. “No es una prioridad política”, afirma. Algo con lo que coincide el coautor del informe Garrido, que la define como “la cenicienta del Sistema Nacional de Salud”.
Para este investigador la clave está en la considerable dificultad para medir los resultados de las intervenciones: “Si se invierte más en promover los trasplantes, por ejemplo, en seguida sube la tasa de trasplantes realizados; si lo haces en salud mental, no necesariamente curas a más gente, por lo que no se consiguen resultados en cifras”.
En 2006, el Consejo Interterritorial de Salud aprobó la Estrategia de Salud Mental. Su coordinador, el psiquiatra Manuel Gómez Beneyto, opina que ahora mismo “España está a la cola de Europa” y que hay desigualdades entre las comunidades autónomas. Dada esta situación, Gómez Beneyto define como “un gran acierto” la decisión del Ministerio de Sanidad de convocar a las sociedades científicas, civiles e instituciones relacionadas con la salud mental para desarrollar la estrategia finalmente aprobada, de la que destaca que “trata de mejorar y equilibrar la calidad de la asistencia a la salud mental”.
Para este experto, lo mejor de esta estrategia es que incluye un sistema de evaluación con indicadores cualitativos: “Cuando pasen dos años de su aprobación se verá qué está pasando. Desde luego, para cumplir los objetivos, es necesario aumentar los recursos, aunque dicho aumento no puede imponerlo el Ministerio, sino cada comunidad autónoma, por cómo está configurado nuestro sistema sanitario”. Las autoridades sanitarias pondrán en marcha en noviembre un Centro de Investigación Biomédica en Red para acelerar la aplicación real de la investigación en salud mental.

domingo, 30 de noviembre de 2008

¡Libertad!


Tras este grito han marchado desde ejércitos gloriosos a gentíos desarrapados y desorganizados. Esta palabra ha sido utilizada por políticos, por charlatanes y por tipos de toda catadura para inflamar a las masas y moverlas incluso a arriesgar sus vidas. Actualmente en la sociedad en que convivimos no es una reivindicación fundamental de casi nadie, ni movería a una multitud airada, ni urge restablecerla. Porque parece que ciertamente somos libres para hacer lo que queramos, siempre dentro de un marco legal que refrendó la población en sufragio universal. Nadie duda de que las cotas de libertad que ahora alcanzamos distan mucho de las existentes dentro de sociedades donde todavía existía la esclavitud, el “derecho divino” o, más recientemente, las dictaduras militares que todavía azotan el globo pero de las que la sociedad occidental parece haberse librado, esperemos que definitivamente.

Yo aquí de lo que quiero hablarles es de la libertad individual, de la concreta, de la suya y de la mía. Que esa no hay quien la garantice, que no sea uno mismo.

Siempre he desconfiado de las generalizaciones y las abstracciones difusas que suelen ser utilizadas por políticos, caudillos y otras gentes de pocos escrúpulos para mover a los pueblos a levantarse en armas contra el vecino porque no permitirán que el “enemigo” entre en su casa a empujones, viole a su hermana, le quite el mando de la televisión y sintonice Al-yazira. El cabrón.

Porque el truco siempre se repite. Cogemos sentimientos individuales y únicos que uno alberga en sus entretelas por su padre, su abuela o su perro. Alguien se da cuenta de eso, normalmente un publicista o jefe de campaña (que para el caso es lo mismo) y lo utiliza sin empacho para manipularte a ti y a tu vecino, cuantos más mejor y además os podéis reforzar unos a otros que para eso hacemos grupo, equipo y polaco el que no bote. Así nos explicamos que por algo tan abstracto como la palabra “patria”, “democracia” o “libertad” corran miles de personas a asesinar a otras que curiosamente suelen luchar por lo mismo, cuando lo que se juega normalmente en realidad son intereses económicos de pequeños grupos o de incluso una sola persona o familia.

He puesto el ejemplo sangrante de las guerras, pero esto también se repite para manejar votaciones o la díscola voluntad de los consumidores y/o televidentes ¿Porqué se dará este mecanismo con tanta frecuencia y efectividad? Muchos pensadores han abordado el tema, como el psicoterapeuta Erich Fromm en su libro de título elocuente: “El miedo a la libertad”, o el filósofo Michel Foucault que nos explica en sus obras la tecnología del bio-poder en su ansia por doblegar voluntades. Por nuestra parte diremos que se percibe en el ser humano un conflicto, uno de tantos en los que estamos inmersos, entre el ansia de libertad y la desazón que nos produce cuando tenemos que decidir sin prórroga ni excusa. Es como si anheláramos salir del regazo del papá estado/jefe/administración pero con miedo a lo que nos pueda pasar sin su protección. Es un sentimiento que se palpaba claramente en los antiguos países comunistas, según me comentaban antiguos amigos oriundos del este. Imaginen, si pueden, un país poblado íntegramente por funcionarios, y se harán una idea.

Este conflicto se palpa en la misma naturaleza del concepto “libertad” del que se han ocupado filósofos y pensadores a los largo de los siglos intuyendo que en esto nos jugábamos nuestro destino y nuestra felicidad. No es un concepto extraño a nuestra cultura, nos lo enseñaron ya los trágicos griegos, el que uno es responsable de sus actos y de sus decisiones aunque intente desprenderse de esa responsabilidad con entusiasmo intentando culpar a las Parcas, responsables de los hilos del destino, o a los dioses juguetones. Ya nos mostraron que esto no funciona, el ciego Edipo o la testaruda Antígona, denunciando que más nos vale tener alguna conciencia de los que somos y detenernos un poco a ver qué hacemos con nosotros mismos y con los otros, porque nos encontraremos responsables de nuestros acto sin “obediencia debida” o “yo no sabía lo que hacía” que nos ampare. Esto se reflejará en nuestra vida, en cómo nos encontramos con nosotros mismos, en lo que los médicos ahora llaman “estado de ánimo”, poblando nuestro mundo de estrechos desfiladeros en los que repetiremos una y otra vez nuestros errores, guiados sólo por el temor y la soledad.

Pero dejemos por un momento a los griegos en las tinieblas del pasado y viajemos en el tiempo a los brillantes años actuales en los que estos peligros parecen haber quedado olvidados. Dado que la moderna tecnología puede “conectarnos” con amigos a cientos de kilómetros no se entiende la soledad y marginación que se encuentra en el núcleo de muchas de las llamadas “enfermedades mentales”, actualmente en auge en el mundo occidental. Dado que la tecnología ha creado “píldoras de la felicidad” que sacuden nuestros neurotransmisores con gran eficacia, no entendemos cómo la “depresión” ha pasado de ser un diagnostico casi anecdótico a ocupar categoría de plaga mundial en nuestro tiempo. ¿No será que algo se nos escapa de entre los dedos entre tanta maravilla tecnológica? ¿Nos habremos olvidado algo? ¿Y qué demonios tiene que ver esto con la libertad?

Pues, me explico, el tema es atemporal y existirá mientras existan seres que puedan llamarse a sí mismo humanos. Desde siempre se ha sabido que cargamos con las consecuencias de nuestras decisiones, sin apelativos ni atenuantes. Ya los estoicos nos hablan de cómo arraigan los vicios en nuestra alma doblegando nuestra voluntad y haciéndonos esclavos de nuestras pasiones. Ya los budistas daban hace cientos de años el nombre de karma al peso de la historia que nos vamos fabricando con nuestras acciones. ¿Somos responsables entonces de nuestra historia? Mucho, y cada vez más conforme pasan los años y tenemos oportunidad de jugar nuestras cartas por muy malas que parecieran de partida.

Las ciencias que estudian el psiquismo humano desde el punto de vista de las conductas, las cogniciones o incluso el soporte cerebral intentan cercar este margen de maniobra con explicaciones deterministas que alivian a los crédulos. Actualmente los genes son la moda, antes lo fue la familia, los traumas infantiles y anteriormente el tamaño y forma de la cabeza (si, aunque ya mueva a risa, la frenología tuvo gran popularidad durante casi todo el siglo XIX). Lo que sea con tal de no parar un segundo en esta carrera hacia la muerte que es la vida, y plantearnos por un instante qué hago con ella, porqué lloro siempre, porqué me duele tanto la espalda (a lo mejor hay que tirar el colchón, o cambiar al compañero/a de cama…), porqué a pesar de no ser feliz no cambio nada…a lo mejor la respuesta que demandamos a los médicos con tanto ahínco sólo puede obtenerse de reflexionar sobre qué hacemos, qué vida llevamos, cuanto hace que no compartimos buenos momentos, o reímos juntos o nos fijamos en lo tensos que estamos siempre y si siempre fueron así las cosas.

¿Cómo pretendemos que otros nos den cuenta y nos expliquen nuestras circunstancias, temores y esperanzas, cuando sólo uno mismo está en condiciones de hacer eso? Tan importante son los otros para el ser humano que sin sus cuidados cuando es recién nacido muere, aunque tenga comida y cuidados, sin cariño y contacto morimos. Necesitamos a los otros, de su energía, de su cariño, de sus opiniones y también necesitamos que crean en nosotros. Pero para forjarnos la vida hay puntos, quizás minúsculo, pequeños momentos, en que vamos decidiéndola, construyéndonos y en esto, al fin, estamos sólo con nosotros mismos. Son momentos en que podemos traicionarnos a nosotros mismos, o perdernos o no decidir (que es también una decisión). En todo caso disfrutaremos de las consecuencias, esta es nuestra maldición y nuestro privilegio bíblico: el libre albedrío. Que aproveche.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

domingo, 23 de noviembre de 2008

Albert Bandura y el aprendizaje social



Albert Bandura, es un psicólogo Ucraniano-Canadiense de tendencia conductual-cognitiva, que nació 4 de diciembre de 1925 en Mundare (Canadá). Recibió su educación académica en una pequeña escuela elemental de su localidad con los mínimos recursos. Al finalizar el bachillerato, trabajó durante un verano asfaltando la autopista de Alaska en el Yukon. Completó su licenciatura en Psicología de la Universidad de Columbia Británica en 1949, para trasladarse posteriormente a la Universidad de Iowa en 1952. Allí conoció a Virginia Varns, una instructora de la escuela de enfermería, con la que se casó y tuvo dos hijas. Después de su graduación, asumió una candidatura para ocupar el post-doctorado en el Wichita Guidance Center en Wichita, Kansas. Más tarde, desarrolló gran parte de su carrera en la Universidad de Stanford, en donde se asoció al prestigioso investigador Walter Mischel.

Albert Bandura es famoso por su trabajo sobre la teoría de aprendizaje social y su concepción del Sociocognitivismo, así como por la postulación de la categoría de autoeficacia. Se lo conoce particularmente por el experimento del "muñeco Bobo", en que refleja con acierto el comportamiento agresivo de los niños. Éste célebre experimento, consistía en mostrar una película a los niños de un guardería, en la que se observaba que una joven estudiante golpeando a un muñeco. El "muñeco bobo", era una criatura hinchable con forma de huevo y cierto peso en su base, que hacía que se tambalease sin caerse cuando era agredido. La joven pegaba al muñeco, lo insultaba, se sentaba encima de él, le daba con un martillo, mientras le gritaba todo tipo de insultos. En el experimento, Bandura ofrecía el jueguete a los niños para que jugaran con él, después de ver la película. Sorprendentemente, durante el juego, se evidenciaba que los niños imitaban las accones de la joven en la película, con enorme precisión en los actos y comportamientos.

El experimento de Bandura ofreció en su momento una reflexión de suma importancia respecto a la agresividad humana, desde una perspectiva cognitivo-conductual. Los niños, reprodujeron con su conducta lo que habían observado previamente, pues habían cambiado su comportamiento sin que existiera inicialmente un refuerzo dirigido a priorizar dicho comportamiento en detrimento de otro quizá más lúdico o lucrativo. Ésta circustancia, contradecía en cierto modo las clásicas premisas de Skinner o Paulov, obsesionadas por interpretar la conducta únicamente a partir de la existencia de reforzantes (negativo o positivo) o reflejos condicionados. Bandura llamó al fenómeno "aprendizaje por la observación o modelado" y elaboró una compleja teoría, actualmente reconocida como "la teoría social del aprendizaje".

miércoles, 19 de noviembre de 2008

¿QUÉ ES UN MANICOMIO?


Les quiero hoy hablar de algo que pertenece al ámbito de la intimidad, al de la suya y al de la mía, que pertenece al secreto, a lo que desde lo implacable de lo cotidiano nos conforma y determina nuestros destinos.

Es un tema crucial por más que podamos ignorarlo mientras con cada una de nuestras decisiones vamos construyendo y padeciendo lo que somos.

Pero no nos precipitemos. ¿Se han preguntado alguna vez los aquí presentes trabajadores y usuarios de la “salud mental”: Qué es un manicomio? En los libros de historia del futuro podrá leerse: El manicomio fue abolido en las últimas décadas del siglo XX en el mundo occidental como forma de abordar la patología mental, a favor de formas más evolucionadas de integración y tratamiento en la comunidad? ¿Es el manicomio un edificio, unos muros, una actitud, unos planes de salud, unas correas, una forma de tratar al otro? ¿Todo a la vez? ¿Nada de eso?

¿Qué es un manicomio? Cual es su esencia, su centro, lo que caracteriza a la estructura que sirvió por décadas como almacén de la insania y símbolo de marginación social.

Muchas veces cuesta la reflexión ante lo que damos por sentado, lo obvio. Así se explica la tendencia a soslayar el meollo del asunto una y otra vez, entreteniéndonos en lo accidental. Aunque merece la pena el esfuerzo si nos jugamos en esto la sustancia de lo que hacemos y somos en nuestra labor diaria, y por tanto, en gran medida, en nuestra vida. Y precisamente a esto nos queremos referir en este texto, a algo que creemos fundamental en nuestra labor: Que la práctica del cuidado y tratamiento en salud mental es ante todo una cuestión ética individual.

Ya pueden borrar, obviar, soslayar, posponer, relegar, postergar, olvidar o arrinconar esto en sus mentes tan pronto como lo he dicho, será de lo más normal dado el grado de alienación en que estamos inmersos, pero eso no aliviará ni un ápice de nuestra responsabilidad en configurarnos como un tipo de profesional u otro, esto es, un tipo de persona u otra.

Esta es la clave del tema que les traigo. A lo largo de los años, de las décadas, el manicomio ha sido muros y correas pero sobretodo ha sido una mirada al loco. Esta mirada conlleva la angustia ante nuestra locura consustancial, hacia nuestra inconsistencia y junto con ello la desesperanza reflejada en el nihilismo terapéutico. Ante esto nos defendemos objetivando al sujeto inquietante, lo usamos para tranquilizarnos y así mantener la ilusión de normalidad.

Los muros cayeron en nuestro medio más inmediato, por lo menos los muros pagados directamente con dinero público, pero: ¿Es posible derribar de la misma manera la marginación, el miedo, el uso del otro enloquecido, ahora trastorno mental severo, también actualmente denominado de forma paradójica “usuario” de salud mental?

El contexto es ahora más amable, las intenciones enunciadas… inmejorables. Pero, ¿se adaptan planes y recursos comunitarios a nuestros pacientes/usuarios en su realidad considerando que en la base de sus sufrimientos se encuentra la dificultad para conectarse al orden social, a la realidad consensuada, a los semejantes con sus anhelos y neuróticas ansiedades? ¿Respetan nuestros entusiastas propósitos rehabilitadores los tiempos los espacios o los deseos del paciente/usuario enfrentado a una realidad que vive como intolerable?

Las buenas intenciones siempre han sido peligrosas, pues mantienen su brillante cáscara mientras las oradan intereses más cotidianos, más vulgares y mezquinos y sin duda más humanos.

Este es el campo de batalla que señalamos, este es el momento: el momento del exceso de fuerza en una contención, esa decisión impuesta por nuestro propio miedo, aquel familiar del que simplemente nos defendimos por no saber decir no puedo o no sé…. Tomar conciencia, hacer ese insight que tanto pedimos a nuestros pacientes, examinar nuestras motivaciones, deseos y miedos y hasta que punto se los hacemos padecer a aquellos que cuidamos y tratamos.

Las modernas unidades con programas innovadores, los profesionales ya cronificados, los nuevos en esto, todos construimos los espacios, y no hay edificio donde no se pueda fraguar, poco a poco, un verdadero manicomio.

Por supuesto esto no estará planeado, ni mucho menos. Lo podremos identificar porque será un lugar donde prime en exclusiva el interés del profesional a costa de ese otro interés o deseo loco, enfermo, desacreditado.

En las reuniones sólo se hablará del bienestar de los profesionales, abundarán las quejas (sobretodo por falta de recursos) y, esto es muy importante, se tendrá bien claro aunque nunca de forma explícita que el loco es otra clase diferente de ser humano, tal vez recogido dentro de la socorrida categoría de los “pobres diablos” o “desafortunados” (por ser más políticamente correcto). Esto, como digo, jamás se enunciará así, precisamente porque no hará falta al darlo todos por sentado en la práctica.

Algo de lo que no habla ningún plan de salud mental es de esta lucha tan humana y tan cotidiana. Donde abundan los fracasos, las angustias, las debilidades que a base de borrarse, obviarse, soslayarse, posponerse, relegarse, postergarse, olvidarse o arrinconarse…casi se olvidan. Son caminos, como dije al principio, solitarios e inciertos, que se hacen mejor acompañados.


P.D.Aqui pongo un breve extracto de "Alicia en el pais de las maravillas", para que nos planteemos nuestra vocación:


A Alicia le pareció que esto era innegable, de forma que intentó
preguntarle algo más: "¿Qué clase de gente vive por estos parajes?".
- "Por ahí", contestó el Gato volviendo una pata hacia su
derecha, "vive un sombrerero; y por allá", continuó volviendo la otra
pata, "vive una liebre de marzo. Visita al que te plazca: ambos están igual de locos".
- "Pero es que a mí no me gusta estar entre locos", observó Alicia.
- "Eso sí que no lo puedes evitar", repuso el gato; "todos
estamos locos por aquí. Yo estoy loco; tú también lo estás".
- "Y ¿cómo sabes tú si yo estoy loca?", le preguntó Alicia.
- "Has de estarlo a la fuerza", le contestó el Gato; "de lo
contrario no habrías venido aquí".

domingo, 16 de noviembre de 2008

Sistemas abiertos, emergentes y recursividad


El paradigma conductista nos explica como las contingencias determinan las conductas respondientes, entendiendo como contingencia incluso las conductas verbales (no escapando estas de la determinación por contingencias naturales y conductas regidas por reglas), considero este un instrumento potente de conocimiento explicativo, aunque con alto riesgo de caer en la racionalización reduccionista. Al tratar al lenguaje como una conducta más que actúa sobre el mismo sujeto, no se tiene en cuenta suficientemente una característica: la recursividad, propia de los seres vivos, dando entrada, con ello, a la posibilidad de paradoja en el sistema como nos enseña el biólogo Bateson. Creo necesario explicar una noción del término “recursividad”. Éste hace alusión a la historicidad que guardan las estructuras vivas en su devenir, las fuerzas tendentes al cambio actúan sobre estructuras que a su vez se van transformando por efecto de estas mismas fuerzas. Se pone el ejemplo de una rueda de carro que en su giro avanza por el camino a base de una actividad repetitiva (el giro), la imagen geométrica que evocamos sería una espiral. Esto nos saca a los seres vivos de la “lógica de las bolas” propia de los modelos de la física newtoniana (no olvidemos que la física no es más que una magnífica fuente de metáforas, modelos explicativos para ordenarnos los datos y aventurar predicciones).

El conocimiento que obtenemos del mundo, el acto cognitivo (del latín cognoscere = conocer), no es pasivo respecto a un patrón externo. Interrogamos a la realidad en base a nuestros esquemas de adquisición de conocimiento y esta nos devuelve una respuesta que interpretamos. No sólo vemos lo que queremos ver, vemos en gran medida lo que esperamos ver. El proceso da cuenta tanto de nuestra estructura como de la realidad "externa". Mi mundo, el que habito y me afecta, es una interpretación de hechos que percibo según mi estructura perceptiva-cognoscitiva previa. Así toda vida evoluciona en su cualidad epistemológica, abriéndose a nuevos mundos en el proceso, enriqueciéndose y recreando. Digamos que el sujeto cambia las preguntas que hace a la realidad y esto modifica su mundo, de donde surgirán otras preguntas. Esta seria la esencia de una psicoterapia, no pretender modificar el mundo externo, sino cambiar la forma de interaccionar con la concepción de la realidad. Cambiamos nosotros y el mundo cambia con nuestras nuevas acciones y pensamientos (en cibernética se describiría como un cambio tipo 2). A veces hay pacientes que no encuentran respuestas porque no hacen preguntas “respondibles”, la lógica del problema que plantea es dilemática, no integradora, con respuestas limitadas que excluyen la riqueza y complejidad de las situaciones.

Resumiendo, el choque entre nuestra estructura y la realidad externa configura nuestro mundo, que es donde vivimos y, a su vez, verdaderamente se crea en el proceso de vivir. Me gusta el ejemplo del azúcar cuya cualidad de ser dulce no se haya en la estructura química de la sustancia ni en la disposición de nuestras papilas gustativas, nervios o centros neurales, sino que emerge de su encuentro e interacción, la manzana azucarada que te comes está dulce porque tú está allí para saborearla.

Esto nos dejaría como habitantes de mundos subjetivos que creamos en nuestro devenir, siendo este el proceso esencial de la vida. En cada relación que creamos con seres vivos o cosas estamos creando un nuevo mundo, que no está en una u otra parte de la relación, sino precisamente se configura en el encuentro, en el vínculo. Así estos mundos no son ni mucho menos ajenos o impermeables. Muy al contrario son dinámicos y se reestructuran continuamente en la interacción. De esta forma adquiere un papel central la comunicación, nos pone en contacto con otros mundos, remodelando nuestras fronteras y siendo esencial para la vida.

Me parece muy útil la consideración de lo que entendemos por realidad como una red de interrelaciones (tal vez, maya, como llamaron los hindúes a la red ilusoria que percibimos, o más modernamente el código “Matrix” de la película). En esta red los objetos solo tienen sentido considerados como tal a un determinado nivel de análisis, a otro pasan a mostrar su estructura como una nueva red de relaciones, sin encontrar el fin al proceso (comparar esto con la búsqueda que llevan a cabo los físicos de los constituyentes últimos e indivisibles de la materia, donde cada vez se tiene menos en cuenta el concepto de “objeto” y cada vez más el de “función”). De esta forma pasaríamos a considerar funciones (ejemplo fácil: los roles desempeñados en una familia), más que definiciones de objetos (yo soy…). Esto nos remite al concepto de identidad. ¿En virtud de qué función nos definimos? ¿Con respecto a qué sistema? ¿te defines por tus posesiones, por tu historia, por tus decisiones?

El mundo, la realidad, es acotada, diferenciada, clasificada, negociada, dentro de un determinado discurso que nos sumerge sin que nos exima de responsabilidad. ¿Cómo se define el discurso en el que se inscribe la interacción? ¿El discurso es el resultado de la interacción de los diferentes mundos subjetivos, con una orientación teleológica? Para responder en la medida de lo posible estas preguntas, creo debemos adentrarnos a abordar dos temas que creo cruciales para entender las relaciones entre los seres vivos: la organización de los sistemas y el tema del poder.

jueves, 13 de noviembre de 2008

La construcción del discurso psiquiátrico


Editorial procedente de la edición electrónica de la revista de salud mental, comunidad y cultura llamada Átopos, escrito por Manuel Desviat.

No hay una psiquiatría ateórica, por mucho que se empeñen los manuales de la American
Psychiatric Association (DSM). Como no hay un pensamiento apolítico. Ni mucho menos
ahistórico. Para conocer una teoría científica es preciso frecuentar su historia, rastrear en los orígenes de sus elementos constituyentes, en el contexto donde crecieron sus descubrimientos científicos. Es preciso conocer dónde se estancaron
o fueron reemplazados sus programas de investigación, dónde eclosionaron sus paradigmas,las rupturas epistemológicas que usara Kuhn para la matemática y la física y que se han generalizado para conceptuar la evolución de buena parte de los desarrollos científicos.
Verdades siempre provisionales, inconclusas; la razón científica, al contrario que la razón ideológica, es siempre una razón abierta. Más aún en psiquiatría y en psicología, “ciencias” de la salud mental, que están a caballo entre las ciencias
de la naturaleza y las ciencias del espíritu, la neurociencia y la narrativa. Para muchos la psiquiatría y la psicología, las ciencias de la conducta, se hallan en fase pre-paradigmática, precientífica, a causa de la dificultad para definir su
centro de atención (su objeto), su metodología, sus límites y sus relaciones recíprocas. Se trata de prácticas sociales donde la exigencia de cura o reparación del daño fuerza la actuación; la explicación vendrá luego, después la búsqueda de fundamentos a la acción. “Los médicos no tienen letras a que sujetarse –escribe a finales del siglo XVI Huarte de San Juan–, porque si Hipócrates y Galeno y los demás autores graves de esta facultad dicen y afirman una cosa, y la experiencia y la razón muestran lo contrario, no tienen obligación de seguirlos. Y es que en medicina tiene más fuerza la experiencia que la razón”. Se hace explícita una disociación que va a perdurar hasta nuestros días. Yalom, lo cuenta de otra forma: hay personas que curan, la historia de la psicoterapia está llena de gente que ha curado, que fueron efectivos, pero no por las razones que ellos supusieron.
Mas la clínica de la enfermedad mental no puede quedar reducida a una práctica, a un manual de instrucciones, por muy consensuado que este sea. Precisa de una teoría, de una psicopatología.
Una psicopatología que ha de aportar a la práctica psiquiátrica un cuerpo teórico
que le permita comprender la enfermedad mental y el alcance de su actividad diagnóstica y terapéutica; sus determinaciones múltiples: histórica, social, biológica, psicológica. Una psicopatología que como toda teoría debe tener
un objeto: el estudio de la patología mental; una finalidad: terapéutica, preventiva, rehabilitadora; y unos métodos: neuropsicofarmacológico, psicológico, biológico, social... Conocimientos y habilidades obligados a confrontarse a diario
con las características particulares de cada paciente, que conservan la validez mientras mantienen su eficacia. La clínica psiquiátrica es una praxis, y la teorización que la soporta no puede hacerse sino desde una dialéctica relación con la
práctica. Una teorización atravesada desde sus orígenes por dos preguntas fundamentales: la consideración única o múltiple de la enfermedad mental y la confrontación entre ciencias naturales o ciencias del espíritu. ¿Qué enferma el
cerebro o el alma? ¿Mente sin cerebro o cerebro sin mente? Por una lado, la unicidad o la multiplicidad de la locura, por otro, la pluralidad de registros o el reduccionismo de uno u otro tipo, y, en ambos casos, la cuestión de la clínica; de
una clínica que dé respuesta a la subjetividad malherida.
El debate sería irrelevante –nadie puede ignorar que un mismo trastorno puede ser visto desde distintos puntos de vista: bioquímico, psicodinámico, genético, patobiográfico–, si no fuera porque condiciona la política asistencial. No es un debate inocente, unas y otras posturas están ungidas de intereses, de ideas afectadas sobre la ciencia y la sociedad misma, son cómplices de un proyecto político. El pragmatismo que domina la psiquiatría desde los años noventa del pasado siglo, reduciéndola a un universo biológico desprovisto de valores, se corresponde con el predominio neoliberal, con la política insolidaria de la globalización, frente a las ideas más sociales, antropológicas y psicopatológicas de la psiquiatría que se construyó, en el horizonte del Estado de Bienestar, tras la Segunda Guerra Mundial. El pragmatismo dominante hay que dimensionarlo en un contexto sanitario global, en el que señorean las ideas privatizadoras del Banco Mundial, el mito de la competencia y el mercado interno como regulador y dinamizador del sistema sanitario, el enfermar como un asunto de responsabilidad individual, la omnipotencia terapéutica de la psicofarmacología, o el desplazamiento a la biología y la genética de fracturas éticas y sociales de la organización social.

Bibliografía.
APA. DSM-III-R Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Barcelona: Masson, 1990.
Huarte de San Juan. Examen de ingenios. Madrid:Cátedra, 1989.
Kuhn TS. La estructura de las revoluciones científicas.México DF: FCE, 1975.
Yalom ID. Teoría y práctica de la psicoterapia de grupo. México DF: Fondo de Cultura Económica,1969

domingo, 9 de noviembre de 2008

Sugerencia de lectura: "El loco impuro", para comprender cómo "los que eran dioses se han convertido en enfermedades"


Ópera prima de Roberto Calasso, El loco impuro se centra en la figura de Daniel Paul Schreber, presidente de la Corte de Apelaciones de Dresde a finales del siglo XIX, que entre 1893 y 1902 estuvo recluido en diversos hospitales psiquiátricos, entre otros en el de Sonnenstein a cargo del entonces afamado profesor Fleschig. Si bien el propio Schreber describe su delirio en sus Memorias de un enfermo de nervios (Sexto Piso, 2008), Calasso da cuenta de la historia secreta del "caso", que en realidad es la historia de un crimen que habría de producir una fisura irremediable en el Orden del Mundo: el asesinato de Dios. Schreber carga con la culpa de ese terrible acto cometido por sus antepasados, una serie de docentes y psiquiatras que, al osar tratar a Dios como "objeto de experimentos científicos", iniciaron su agonía. Más que aventurar un diagnóstico de la locura del personaje, Calasso otorga relevancia a la verdad emanada del delirio mismo, al conocimiento derivado de la incursión en nuestras mentes de las potencias que rigen el mundo. Y restituye con ello la soberanía de Dios, de los dioses que, como dijo Jung, "se han convertido en enfermedades". Y así, a partir de severas críticas a Fleschig o Freud y de reflexiones sobre la historia familiar y el delirio de Schreber, Calasso entreteje, por medio de la voz de Schreber, un certero examen de la sociedad moderna: "No puedo evitar sonreír cuando os veo a vosotros, hombres hechos fugazmente, moveros con la cabeza alta, descargados del peso de la burocracia divina. Vosotros no lo sabéis aún: el dios muerto pesa más! que el dios vivo, y más que el otro os devora".

viernes, 7 de noviembre de 2008

Hoy un buen amigo mío está atado...

...haciendo honor con su experiencia al nombre de nuestro blog: ingreso involuntario.

No hay duda está agitado, no lo dudo está parana, no me extrañaría que agrediera mucho verbalmente, si me extrañaría que agrediera físicamente. Y es que ser esquizoafectivo y fumarse 3 pavitas no se llevan muy bien.

Es poco profesional sentirse amigo de tus pacientes, es poco profesional sentir afecto por ellos, pero lo que más me subleva es que dónde se supone que por lo menos debería hacerse un buen trato, el más profesional, sea otro ambiente rechazante más.

Ponte bien CD!

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Why is a TC a TC?


Standards that define a TC

1. The whole community meets regularly

2. All community members work alongside each other on day to day tasks

3. All community members share social time together

4. All community members share meals together

5. Community members take a variety of roles and levels of responsibility

6. Informal aspects of everyday living are integral to the work of the community

7. All community members can discuss any aspects of life within the community

8. All community members regularly examine their attitudes and feelings towards each other

9. All community members share responsibility for each other

10. All community members create an emotionally safe environment for the work of the community

11. All community members participate in the process of appointment of potential new staff members

12. All community members participate in the process of deciding whether a new client member joins the community

13. The whole community is involved in the decisions about the plans for a client member when he or she leaves the community

14. There is a greater tolerance of disturbed behaviour and emotional expression than in other settings

15. Positive risk taking is seen as an essential part of the process of change

16. The therapeutic community has a clear set of boundaries, limits or rules which are understood by all members


Para más información: Foro sobre Comunidades Terapéuticas

lunes, 3 de noviembre de 2008

Reflexiones sobre la "mente humana"


Quizás la nueva concepción de la organización de los sistemas que nos trae la nueva física, la cibernética y la biología, nos ayuden a superar la manida dualidad cartesiana cuerpo-mente, ya que nos remite a la materia-forma manejada por los griegos. Nuestro cuerpo es materia, res extensa, pero dispuesta en una determinada organización (forma) que al encarnarse determina una estructura. Esta estructura somos nosotros, funciones encarnadas. No hay aquí separación entre idea platónica y sustancia, más que la que introduzcamos para explicarnos. Como ejemplo pondría un remolino en el agua, su estructura lo individualiza, muda continuamente de sustancia siendo el mismo remolino, podemos incluso ponerle nombre siendo siempre distinto y siempre el mismo. Desde este punto de vista vemos los fenómenos llamados psicológicos como multidimensionales, son acontecimientos físico-químicos a la vez que experiencias vivenciales y contingencias conductuales dependiendo del enfoque desde donde se consideren. Un ejemplo que creo puede captar el espíritu de lo expuesto podría ser la consideración de un cuadro de Velásquez, pongamos el conocido como "Las Meninas", analizar su constitución material nos aportará datos para su comprensión, así como la distribución de las pinceladas de color, los acabados y demás, emergiendo del conjunto una evocación de la mirada del pintor, Dalí posiblemente se referiría a esto cuando dijo que lo que salvaría de un incendio en el museo del Prado sería "…el aire…, concretamente el encerrado en el cuadro Las Meninas que es el de mejor calidad de todo el museo".

En este contexto colocaría lo que llamamos "mente humana" como una propiedad emergente del sistema considerándolo en su contexto, es decir, los elementos sociales y culturales, no existiría “en nosotros” sino “en la interacción”. En la historia de las relaciones vividas e introyectadas, en un proceso dinámico que se re-actualiza y modifica constantemente. La escuela psicológica soviética de Vigostky y Luria nos habla de la integración en el SNC de funciones operativas determinadas por la interacción social, según esto, la socialización y entrada del sujeto en la cultura, determinaría el modelado final principalmente del neocortex. La plasticidad neuronal organiza las unidades funcionales dadas las circunstancias materiales y los objetivos. El organismo humano se haya determinado por su estructura y ésta por la carga genética y el contexto situacional en que se desarrolla. No debemos olvidar que la plasticidad neuronal tiene también sus reglas y límites dándose determinados periodos (de imprinting según K. Lorenz) donde pueden de plasmarse determinadas funciones cuya carencia influirá poderosamente en las futuras posibilidades de relación del sujeto. ¿No existe paralelismo, y hasta que punto, entre este fenómeno de imprinting que observamos en los animales y la relación de objeto que en una primera infancia se establece dentro del núcleo familiar entre el niño y la madre?

Esta plasticidad en virtud de la influencia externa es común a todo ser viviente, contando el ser humano con la capacidad de transformar radicalmente su ambiente por medio de la tecnología, afectando esto a sus posibilidades estructurales y, por tanto, a su subjetividad y conducta. El criterio de utilidad rige en la naturaleza, y no creo que seamos una excepción.

Entonces ¿qué tipo de organización nos caracteriza? Aquí seguiría a Maturana y Valera que nos hablan del tipo de organización característica de los seres vivos: la autopoyesis (concepto prestado de Aristóteles). Un sistema que se autoorganiza y define sus propios límites. Los sistemas vivos son sistemas abiertos (no se cumple en ellos la 2ª ley de la termodinámica que predice el aumento de entropía en sistemas cerrados) que se desarrollan en un estado alejado del equilibrio pero estable. Para lograr esto necesitan un flujo continuo de materia y energía a través suyo. Una propiedad fundamental es que en su desarrollo pueden llegar a nuevos niveles de autoorganización a través de crisis que se resuelven según la estructura previa del sujeto.

Tenemos, pues, un emergente, aquello que somos en un contexto, y con una historia que también ayudamos a construir. Pero entra en escena un plano esencial por la profundidad y el sentido que aporta: la noción teleológica. Un “ir hacia” que da sentido a lo comentado, una función a cumplir, a la que tender. Todos los sistemas se generan en torno a una finalidad. Es la finalidad lo que hace que diferentes sujetos se estructuren formando un sistema. Al sustituir nuestro lenguaje de sustantivos (objetos), por predicados (funciones), las proposiciones piden una dirección, una meta, un sentido. En el abordaje de estas cuestiones entra en juego el concepto de identidad. Qué soy para mí lleva aparejado un sentido de mis fines y valores (o tal vez sólo un sentido “estético” de estos). Las relaciones con nosotros mismos y con el resto del sistema estructuran nuestra identidad. Habría tantas “identidades” como sistemas a los que un sujeto pertenece. Seria como una cara de un dado, que nos enseña algo del dado, pero no vemos al dado mismo. Facetas que aparecen según los contextos y nuestra estructura, que a su vez se construye de forma plástica en nuestra historia de relaciones, no como las vivieron los otros, o alguien “asépticamente” quiera rememorar, sino como la vivimos nosotros. Nuestras vivencias, el núcleo de lo que somos.

Entran aquí en juego los mecanismos que nos construyen a lo largo de nuestra historia. Nacemos muchos más inmaduros que el resto de los animales, maduramos, como ya reseñé más arriba, en la interacción con nuestros semejantes (englobados forman un clima afectivo, cumplen una funciones y se desenvuelven en una realidad material desde un pasado histórico y proyectado hacia un futuro). Nuestros instintos, nuestras necesidades biológicas, se ven inmersas en un medio tan real como el más palpable, el de los símbolos y los afectos. Vamos así construyéndonos, posicionándonos en discursos que nos sumergen (el de nuestros padres, nuestra cultura, el poder,…). En esto va surgiendo nuestro deseo, no ya ensamblado a su fin, como por ejemplo el de comer o dormir, sino extraviado, desorientado, anhelante. El deseo surge de nosotros, nos arrastra con fuerza innegociable, hacia no sabemos qué. Así preguntamos por el sentido de la vida, con ingenuidad, como si nos sirviera el encontrado por otro, aquello que aplacará nuestro deseo, fruto de la sensación de separación, de falta de plenitud. Esta sensación de falta de plenitud está ampliamente documentada a través de los relatos míticos de todos los tiempos, se hace referencia a un “paraíso perdido” al que retornar. El neurofisiólogo Fco. J. Rubia (catedrático fisiología universidad complutense) trata de explicar este relato mítico universal como una forma del ser humano de explicarse su propia evolución neural con el acceso al lenguaje, el pensamiento dialéctico-analítico y la pérdida de la plenitud, el pensamiento holístico y la sensación de unión al mundo natural. Al comer del “árbol de la ciencia del bien y del mal”, se accede a la libertad como facultad humana fuente primaria de la ansiedad. El ser humano conquista la capacidad de abstracción, de separarse del flujo constante de percepciones, planear, jugar con las representaciones, imaginar y perderse.

De esto nos hablaron durante siglos los que intentaron internarse con valor en las inconsistencias de la existencia humana, pues paradójicamente revelar lo alienado, lo debil, lo vulnerable del ser humano a la vez muestra lo digno, lo creativo y la grandeza que todos albergamos.